juan rulfo
MENÚ ENTREVISTA “Juan Rulfo, el tiempo detenido”, de Waldemar Verdugo Fuentes  

Primera parte

Para muchos de sus lectores americanos, incluso en México, la vida de Juan Rulfo parece estar sólo en las hojas de dos libros. Sin embargo, el hombre que creó Pedro Páramo y El llano en llamas ha desarrollado una intensa actividad en favor de los más desprotegidos, primero como empleado de la Secretaría de Gobernación en su juventud y luego, a través de una labor de varias décadas en el Instituto Nacional Indigenista (INI), cabecera de la antropología latinoamericana. Conversé con él en su oficina allá por el rumbo de Barranca del Muerto, al sur del D.F., donde me recibió cordialmente. Le recordé haberlo saludado en Santiago en 1972, cuando fue homenajeado por la Sociedad de Escritores de Chile, junto a la escritora María Luisa Bombal, y asegura acordarse de haberme visto, pero creo que lo más seguro es que lo afirma de puro gentil que es. Ahora fumamos y tomamos café. La palabra “plática” la aprecia muchísimo, y la de él recae sobre los más variados temas: las librerías de la ciudad de México, las especies en vías de extinción, los ojos perdidos de los moais de la Isla de Pascua, los ríos que ya no traen agua, que se le está “apagando la linterna” (porque comenzó a leer desde niño y en su pueblo no había luz eléctrica, entonces había que alumbrarse con velas “o con la luz de la luna”). Dijo que su salud le está dando malas pasadas (“soñaba con viajar cuando era joven, pero sólo cuando me llegó la antigüedad pude viajar; me invitan de muchos países pero mi salud no me permite aceptar siempre. No quiero decir que no estoy al tanto de lo que pasa, porque mis amigos entre los corresponsales extranjeros me mantienen al tanto de lo que sucede. No soy ideólogo ni intelectual ni nada, pero sí me interesa lo que ocurre en Hispanoamérica. Especialmente me he sentido cercano al proceso de Chile porque tengo muchos amigos allá”). Dialogó sobre los más variados temas; pero, antes que nada, a él le importa su propia cultura indígena. Dice:

Retrato de Rulfo por Gabriel Figueroa Flores. 1984

Fotografía de Gabriel Figueroa Flores. 1984

“Los indios de México hablan lenguas, no dialectos; lenguas tan diferentes entre sí como el italiano y el polaco. Realmente los problemas del indio se conocen bien, se han estudiado científicamente y lo han hecho especialistas muy calificados de las ciencias sociales; sin embargo, los problemas de ellos siguen allí, se perpetúan, tal parece que no hubiera soluciones aplicables a nivel nacional que fueran aptas para resolverlos, aunque se hacen intentos para lograrlo. Esta característica pienso que no es muy diferente en el resto de América, incluso en nuestras islas, donde vemos la generalidad de las comunidades indígenas marginadas del progreso.”

“La población indígena de nuestros países americanos está acechada por flagelos de diversas índoles: el retraso de sus culturas a partir de costumbres no estimuladas por la técnica; el analfabetismo; el arrebato de sus tierras; las propias luchas de poder internas que sostienen por la permanencia del cacicazgo, todo ello agrava su situación”. Para Juan Rulfo, “el enemigo capital del indio es la recia tensión económica, que los ataca antes que a otros grupos humanos. Es así como los organismos enfocados a ayudarlos, como el INI, no cuentan con los recursos necesarios para realizar con éxito su misión. En la medida en que se tengan recursos suficientes para llevarlos a las zonas marginadas y combatir su pobreza, este problema deberá desaparecer; sin que ello signifique destruir ese algo distinto que hay en el indio, algo nuevo y muy antiguo que tampoco se valora debidamente. La plata de México, junto a la plata y el oro del Perú, hicieron la riqueza de Europa, no sólo de España, y dejaron comunidades sin desarrollo verdadero cuya tragedia aún arrastramos. Los olmecas, que poblaron México entre el Atlántico y el Pacífico, tenían una cultura madre aparejada con el tiempo de su época, entre el 800 y el 200 antes de Cristo, en que vivían en el mundo Buda y Zoroastro, Confucio y Lao Tsé, Homero, Platón y Sófocles. Sabemos que en su lenguaje está la memoria histórica de los pueblos, y raíces lingüísticas olmecas-otomangues existen en el lenguaje de muchas comunidades que sólo hace poco se investigan; si por falta de recursos no se hace esta investigación, ¿cómo salvaguardar un pasado que contiene en sí una de las épocas más ricas de la cultura conocida? Nuestros problemas son de tres tipos: los que pertenecen específicamente a cada una de nuestras naciones, los de Latinoamérica y los de España. Nos salvamos juntos o nos perdemos separados. Un futuro mejor sólo podrá construirse basado en el respeto a las diferencias; pero, sobre todo, basado en la justicia, que es su falta lo que han sufrido nuestras mayorías indígenas; hay que motivar un cambio sin lesionar sus valores positivos; es una tarea difícil, y si se une a ello la explotación que se hace de lo poco que tienen debemos concluir que cualquier institución encauzada a levantar el nivel de vida indio, pero carente de influencia y de recursos económicos, difícilmente alcanzará sus fines”.

Juan Rulfo afirma que, unida a esta serie de circunstancias, se encuentra la dificultad misma que existe en el intento de acercarse al indígena: “La mayoría está encerrada en ese hermetismo ancestral que le es propio, y que rechaza la intromisión de gente extraña en sus comunidades. En el INI hemos intentado salvar esta valla incentivándolos a ellos para que se acerquen a nosotros, de diversas maneras; tenemos, por ejemplo, hace años, concursos de narradores indígenas en que la respuesta es muy halagadora, posibilitando que nos acerquemos a través de la palabra escrita. Hemos detectado que el indio escribe tal como se lo contaron, no usa trucos de estilo o forma, no reelabora los temas; él cuenta sin ningún aditamento, no busca cómo narrar, sólo lo hace; esto permite un acercamiento a su mundo tal cual él lo ve. O sea que toda esta información que recibimos no es deformada; es la que también recolectan nuestros antropólogos e investigadores, pero luego de pasar muchos años trabajando y viviendo en las comunidades”.

Al Rulfo editor de materias etnográficas se debe la más completa colección de investigaciones que se ha publicado acerca de las culturas indígenas mesoamericanas; en la práctica, no hay grupo autóctono que no se registrara en estas series de ensayos de un modo científico y exhaustivo. Sin embargo, cuando le pregunto por su trabajo, él, modestamente, dice:

“Aquí corrijo pruebas de imprenta, sólo ese es mi trabajo”. Pero no es sólo eso; en cada edición interviene decisivamente, no nada más corrigiendo el estilo de los historiadores o redactando completamente los informes, sino que verificando datos en terreno, asistiendo muchas veces de juez arbitrador... además, es importante señalar que un gran acercamiento de los indígenas a la propia cultura mexicana moderna se ha logrado a través de la obra literaria de Rulfo, posiblemente la primera en ser traducida a las lenguas autóctonas con mayor número de hablantes en América: las náhuatl, naya, purépecha y mixteca. Al fin que los indios no están mucho más distantes del México de hoy que los campesinos paupérrimos de los polvorientos poblados que inspiraron los cuentos de El Llano en llamas y Pedro Páramo. No por nada la Enciclopedia de México destaca en la narrativa rulfiana la soledad, la violencia, la muerte y la naturaleza inscrita en el lenguaje humano. El amor sombrío, el aislamiento, la devoción, los lutos: los mecanismos secretos en el mundo recóndito de los pueblos y los enigmas de sus habitantes.

Hace una semana vi venir al maestro Rulfo caminando por la calle Felipe Villanueva del sur del D.F. Yo acompañaba a la directora teatral Nancy Cárdenas, que colabora con nosotros, y mantiene una relación amistosa y de vecindad muy sólida con él, quien amablemente accedió a recibirme en el INI, según ahora anoto. Antes de despedirnos ese día, dijo: “Para ti no debe ser fácil vivir en el D.F. Yo no soportaría vivir en otro país. Siempre he residido en México. Me moriría si tuviera que vivir como extranjero, para quien todo es más complicado. Trabajé durante unos años en Migración para la Secretaría de Gobernación, por eso conozco el drama  de  los extranjeros. Claro que tú eres joven, y los jóvenes, generalmente, ven todo más fácil, pero, para un viejo, ser además extranjero debe ser intolerable, yo no podría soportarlo. Conservo buenos amigos en Migración, y si alguna vez necesitas algo...”
            Ahora, deferente con su secretaria que le ha traído unos papeles, firma algunos de ellos mientras la mujer, diplomáticamente, me insinúa que el maestro tiene mucho trabajo, y me hago el desentendido. Luego, él siguió hablando como si nada. Usa un diminuto encendedor, escucha las interrupciones con interés; es obvio, sin embargo, que espera seguir en lo que está contando. A ratos usa frases ambiguas y da sugerencias difusas que no se alcanzan porque parecen arrancar de las profundidades mismas de donde salieron sus escritos. Le llaman por teléfono, da unas indicaciones a su secretaria y propuso que saliéramos del INI; indicó que iríamos a caminar “por el solecito” hasta la librería El Ágora, donde debía retirar un libro que le habían ubicado. Anduvimos lentamente por la avenida Revolución. En la calle habla muy bajito, como si fuera comprimiendo las palabras una a una, suavemente, apenas le oía. Llegamos a Barranca del Muerto y entramos a El Ágora, donde le entregan un sobre, subimos al café del lugar y lo abre con curiosidad: es un libro y una invitación del obispo de México para una acto público. Su voz se transforma, lo escucho  seco, telúrico, con un tono que parecía venir de los tiempos bíblicos; se lo hago notar y responde: “Yo sólo soy católico de dicho; aunque he leído del Génesis al Apocalipsis; los he leído y los he vivido”.

Página siguiente >>