juan rulfo
MENÚ ENTREVISTA “Juan Rulfo, el tiempo detenido”, de Waldemar Verdugo Fuentes  

Tercera parte

Es notable que en su trato Rulfo crea una cierta sensación de melancolía, a ratos, de lejanía, de que se va a otra parte donde nadie podría jamás acompañarlo; pero es algo en él absolutamente natural. En María Luisa Bombal también era costumbre esa cierta huida a la distancia, que no molesta al interlocutor. En ambos, cuando alguna cosa les anima, sin embargo, sus ojos se vuelven húmedos. A Rulfo le ocurre cuando habla de sus lecturas de las crónicas de la conquista:

“He leído casi todas las crónicas antiguas, escritos de frailes y viajeros, los epistolarios, las relaciones de la Nueva España; es el estilo del siglo XVI y del Siglo de Oro. Me gustan porque están escritas muy sencillamente, es una escritura fresca, espontánea... ahora no se aprecia lo que escribieron los cronistas y relatores de la conquista, la gente cree que se trata de una antigualla aburrida, pero conforma quizás lo más valioso de nuestra literatura. Yo creo que de allí arranca lo que se ha dado en llamar el realismo mágico, donde me involucran junto a mi amiga María Luisa Bombal, lo que es un halago si se trata de estar junto a ella. Hay dos cosas que amo: leer una crónica y escuchar música, particularmente la música de la Edad Media, del Renacimiento y del  Barroco. Me gustan  los  cantos gregorianos, las misas, los réquiem... tengo tantos discos como libros”.

No da consejos literarios; dice que no podría porque para él el arte literario “es perfectamente inexplicable”. Sin embargo, le escucho decir que “hay que aprender a tachar”, y que se debe, antes que nada, “cuidar la velocidad que se quiere lograr”. En los relatos de Rulfo el conflicto central descansa en el poder aplastante de la vida, incluso más allá, a través de la aplastante posibilidad de la inmortalidad. Sus personajes están fundidos a la geografía como se funden las ciudades en la niebla. Pocos de sus protagonistas tienen contornos nítidos, la riqueza de ellos proviene de la más primitiva naturaleza, son seres en la más pura intuición, aterrorizados y, sin embargo, vivos a pesar de sí mismos; tienen formas borrosas, creyentes al extremo en supersticiones, viviendo en pleno ensueño. El color de la obra de Rulfo es el de la hora en que se une el atardecer a los primeros jirones de la noche, donde todo parece milagrosamente vivo. Sus protagonistas se mueven naturalmente en la sombra o en la luz infernal, así furiosos, ora doblegados por el amo. A mi parecer, en nuestro idioma castellano sólo es posible encontrarle paralelo en la obra de María Luisa Bombal, que, entonces, se ubica junto a Juan Rulfo como los pioneros del realismo mágico, la más profunda huella literaria del siglo XX (que brota de un aspecto muy delicado del ser humano) y que en sí contiene innumerables autores del pasado y quienes les siguen, con nombres que hoy se estudian.

La habilidad de María Luisa Bombal y Juan Rulfo para entrar en el más allá y moverse en el inframundo con absoluta libertad, es análoga. Es raro otro autor con ese toque raro, con esa vibración misteriosa, en que lo irreal altera sobremanera todo lo que roza, y esto sin recurrir a desorden alguno o a intencionado caos: su mérito está, además, precisamente en lograr esta conexión entre lo que es y lo que no es en manera absolutamente lógica y racional; o sea, el de ellos es el prodigio de crear una estructura ordenada del desorden, un mundo que sobrepasa las fronteras de lo racional, conjurado con un poder invisible, con un alma explicada por simples datos reales.

Retrato de Rulfo por Gabriel Figueroa Flores. 1984

Fotografía de Gabriel Figueroa Flores. 1984

Lo real —y— mágico en literatura rompe con la convención de mantener al tanto al lector. Los protagonistas-narradores no cuentan la historia completa, sino que viven impulsados por el recuerdo incesante o por el estímulo de la circunstancia; muchas acciones quedan ocultas en el pasado de la narración; mucho se obvia o se insinúa fugazmente; sin embargo, lo que ignoran sus personajes, lo que no recuerdan o no consideran importante relatar, ocupa su propio espacio en la historia; son estos vacíos u hoyos negros, si se puede decir así, lo que los hizo novedosos, porque están inventados en forma tal que, de inmediato se presintió que añadían un nuevo misterio a las letras. El silencio en sus criaturas está poblado de murmullos; es el silencio del deseo y la conciencia de la muerte, de la infinita pretensión humana en el espacio pequeño en que, quieta, se mueve. Son narraciones que no encierran un sentido único sino que se abren constantemente a las interpretaciones del lector. Por esta indeterminación que plantean los vacíos negros es que la crítica ha leído a Juan Rulfo (como a María Luisa Bombal) en forma diferente, incluso excluyente, en la posibilidad de lecturas que resisten a todas. Es la razón del desconcierto que produjeron al editarse sus obras antes de que formalmente se hablara de “realismo mágico”, cuando la crítica se preguntaba: “¿Dónde ubicar estas obras?”. Luego se supo: en todas partes y en ninguna. Pero, al margen de este mecanismo, de lo más interesante, se debe sumar el fatalismo con que los protagonistas de sus historias aceptan su destino; de allí viene que la muerte aletee siempre entre sus páginas, la muerte  que  ellos  ven  como  desplazada en la memoria, como arrinconada, como lo ineludible, lo sin vuelta que darle. En “La Cuesta de las Comadres”, uno de los cuentos de Rulfo que forman El Llano en llamas, leemos:

“Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé”... “Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita”...

Los pioneros del realismo mágico tienen una visión del mundo que siente la muerte como realidad cotidiana. El hacha de la muerte está por todas partes. Juegan con la muerte a las escondidas, la ignoran y se ríen de ella, pero la temen. Rulfo dice que en Pedro Páramo todos los personajes están muertos: “La historia comienza narrándola un muerto que le cuenta a otro muerto, es un diálogo entre muertos en un pueblo muerto”. ¿Y no es, acaso, La amortajada el pensamiento de una mujer dentro de su catafalco? Una muerta que habla, para quien la Bombal determina inmovilidad absoluta, total resignación al sino: “Lo juro. No tentó a la amortajada el menor deseo de incorporarse. Sola, podría, al fin, descansar, morir”.

Los pioneros del realismo mágico tienen una visión del mundo que siente la muerte como realidad cotidiana. El hacha de la muerte está por todas partes. Juegan con la muerte a las escondidas, la ignoran y se ríen de ella, pero la temen. Rulfo dice que en Pedro Páramo todos los personajes están muertos: “La historia comienza narrándola un muerto que le cuenta a otro muerto, es un diálogo entre muertos en un pueblo muerto”. ¿Y no es, acaso, La amortajada el pensamiento de una mujer dentro de su catafalco? Una muerta que habla, para quien la Bombal determina inmovilidad absoluta, total resignación al sino: “Lo juro. No tentó a la amortajada el menor deseo de incorporarse. Sola, podría, al fin, descansar, morir”.

“—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, cuando se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la ha maldecido. He dicho: ‘¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!’ Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente...”

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