juan rulfo
MENÚ ENTREVISTA “Juan Rulfo, el tiempo detenido”, de Waldemar Verdugo Fuentes  

Quinta parte

Es como si todo el mundo quisiera arrebatarle unas líneas y él se resiste, porque tiene un sentido de agobiante responsabilidad ante lo que los demás parecen exigirle, y ello se le ha convertido en un peso tremendo que prefiere tomar con sentido del humor. Pero lo cierto es que Rulfo sí siguió escribiendo, y mucho. Claro, no es su creación que lo hizo famoso, pero a cualquier persona le basta tomar las publicaciones del Instituto Nacional Indigenista de México durante la última mitad del siglo XX para encontrarse con textos de él, aún cuando firmó solamente algunos prólogos. Me pregunto si alguien le propuso a Rulfo rescatar ese material. Es dudoso, porque, cuando le pregunté al respecto me dijo que ni él mismo podría definir cuánto de este caudal es estrictamente suyo y cuanto pertenece a los investigadores del INI, del cual se ha jubilado. El material existe.

Existe, además, su aporte oral, que es enorme, y que Rulfo entrega en conversaciones, no en entrevistas, porque no concede entrevistas: dice siempre que no; pero si alguien le sugiere platicar, y se da una circunstancia adecuada, habla como vivió siempre: pletórico de maravillas. Y cuando parece entretenido, habla sin posibilidad de ser interrumpido, narra fábulas y mitos que bastaría grabar para hacer libros. Es cierto que hablar no es lo mismo que escribir, pero quienes lo hemos oído sabemos que él habla como escribe, en manera única. Es verdad que una vez oí a alguien sugerir el rescate del Rulfo oral, y él prefirió cambiar de tema, dando por terminada la sugerencia diciendo que él está entero en lo que ya ha publicado. Y es cierto, ¿es posible, acaso, exigirle mÁs a quien nos entregó los maravillosos textos que conforman su obra?

Ahora, luego de su jubilación piensa tomarse ‘un descansito’. Sueña con cultivar rosas y abrir su propia librería. Quiere tomarse un tiempo, además, para clasificar, por lugares y fechas, las fotos que ha tomado; quiere ‘un tiempecito’ también para clasificar sus cartas y documentos: ‘Tengo muchas cosas en desorden por falta de tiempo. Debo clasificar mis fotos, ya quizás ni recuerdo dónde tomé algunas; son como tres mil, desordenadas, aunque los negativos están cuidados, están, al menos, limpios’.

Al maestro Rulfo, desde siempre, le hizo feliz tomar fotos de las cosas, de las gentes, de los pueblos que veía: ‘me gusta manejar la cámara, aunque ya casi no lo hago; la mejor que he tenido es una Rolleiflex, seis por seis; la perdí esa cámara...’ Casi desconocidas hasta 1980, cien de sus fotografías fueron publicadas entonces en una edición limitada que el Instituto Nacional de Bellas Artes de México presentó con motivo de su Homenaje Nacional; son ellas un mínimo acercamiento visual a ésta su emoción: rescatar andanzas por el campo, por el mundo indígena, por esos sectores marginados que en toda América son similares; en que se conjuga lo  insólito  con la  realidad común y corriente, ese mundo que vemos pero que no sabemos: mujeres de luto, tumbas, campesinos, indios, gentes hondas de rostros surcados por historias remotas; ruinas de piedras, restos de cosas, cruces, cielos borrascosos, campos resecos, las solas soledades; escombros, sombras, desolaciones concretas; un mundo más allá captado en blanco y negro, sin presupuesto y gran nobleza. Lo que llevó a las letras cruzadas de pueblos que desaparecieron de puro viejos; de almas en pena; silencio que se escucha, aullidos, lamentos murmullos, humos; caseríos fantasmales a cada hora diferentes, en que las apariciones se desplazan como reculando... Sabe mucho de fotografía, lo que se enriqueció por sus contactos con el cine, numerosos; 11 películas sobre sus cuentos y el Pedro Páramo, que incluyen adaptaciones realizadas por él mismo y hasta una aparición incidental en la pantalla, en la cinta En este pueblo no hay ladrones de Alberto Isaac: ‘Allí aparezco en una cantina, vestido con pantalón y camisa remangada y un sombrero de fieltro oscuro; aunque de cine no hablemos; las cintas que se han hecho con mis narraciones, incluidas las que yo mismo adapté, son desastrosas, y es feo que yo lo diga’. Sí estaba de acuerdo en que su visión fotográfica coincidía con la carga de dramatismo y humanidad que se respira en su literatura.

No le importan los premios (‘con los que tengo es suficiente, ¿no crees?’). Famosas son sus palabras al recibir el Premio Nacional de Literatura: ‘No recuerdo por ahora quién dijo que el hombre era pura nada. No algo, sino una pura nada. Y yo me siento así en este instante’.  Es cierto que nunca esperó algo de sus libros: ‘Nunca me imaginé el destino de Pedro Páramo, ni siquiera me imaginé que a alguien le interesara publicarlo; como mis cuentos, que los escribí para que los leyeran dos o tres amigos, o más bien, los escribí por necesidad, nada más’.

Retrato de Rulfo por Gabriel Figueroa Flores. 1984

Fotografía de Gabriel Figueroa Flores. 1984

Cuando leí Pedro Páramo —le conté— me quedó grabado para siempre, pero intuí que su interés iba mucho más allá del hechizo de una primera atención que se presta a su trabajo, frecuentemente disculpándose por haberlo publicado; le digo que sólo con relectura se capta, poco a poco, lo inusual del paisaje, lo poético de la narración y lo trágico del relato. Dice: ‘Lo más difícil que tuve que salvar para escribir el Pedro Páramo, fue eliminarme a mí mismo, matar al autor, quien es, por cierto, el primer muerto del libro. Es cierto: lo más difícil fue eliminarme a mí mismo de la historia’. Le dije que si bien las interpretaciones que se han escrito acerca de Pedro Páramo son numerosas, es cierto que la generalidad de la crítica, así como la entiende uno, como lector común, llegan comúnmente al final al convencimiento de que la obra es en su esencia una visión melancólica de la vida. Él está de acuerdo: ‘En el mundo hay poco de qué  alegrarse’ —afirma.

Dice que Pedro Páramo fue, además, un ejercicio de eliminación: ‘Primero reuní unas trescientas páginas.  Llegué a hacer cuatro versiones, y conforme pasaba a máquina un nuevo original, iba destruyendo hojas, iba eliminando divagaciones... me borré completamente. Primero la había escrito en secuencia, pero advertí que la vida no es una secuencia; pueden pasar los años sin que nada ocurra y de pronto se desencadenan los hechos muy espaciados, roto el esquema del tiempo y el espacio, por eso los personajes están muertos, no están dentro del tiempo o el espacio. Lo que ignoro es de dónde salieron las intuiciones a las que debo su forma: fue como si alguien me dictara’.

Desde su aparición, en 1955, hasta ahora, Pedro Páramo se ha convertido en guía evidente de una tradición (no de ‘toda’ la tradición, ¿qué puede serlo?), de aquella muy expresamente considerada la América profunda, ya  desaparecida o en vías de hacerlo, la vida rural desintegrada por la escasez de medios, el olvido del centro y el fanatismo. El maestro Rulfo conocía estos elementos porque él forma parte de ese medio, sabía cómo eran quienes lo habitaban, pero nada más. Dijo:

Tenía los personajes completos de Pedro Páramo, sabía que iba a ubicarlos en un pueblo abrasado por el desierto, sabía cómo iba a transcurrir toda la novela; pero no sabía cómo iba a decirlo, me faltaban las formas. Y para eso escribí los cuentos de El Llano en llamas, para soltar la mano. En Luvina me nació aquel profesor que se va del pueblo abandonado, que le cuenta al otro, que va a sustituirlo, lo que es aquello; se lo cuenta todo bebiendo (el otro no toma nada), bebiendo hasta caerse de borracho; aquella era la atmósfera que andaba buscando. Poco a poco fui encontrando las claves’.

El paisaje en que hace deambular a sus personajes es pieza clave en este mundo mágico, y su veracidad no se puede discutir: son las tierras que rodean los pueblos de cualquier comarca de Latinoamérica; como anécdota en Juan Rulfo, su geografía es, además, desnuda, árida, sin agua, envuelta en un calor que abrasa todo. Dice en un párrafo:

‘Vine a Comala porque me dijeron que acá  vivía mi padre, un tal Pedro Páramo’. Así inicia su novela, citando a Comala, un pueblo cuyo origen está en el comal, ese recipiente que se pone sobre las brasas y donde se calientan las tortillas, un brasero, símbolo infernal por el que deambulará Juan Preciado, el héroe en búsqueda de sus orígenes, de quien comenta: ‘Lo elaboré durante años, pero no había escrito una sola página. Me daba vueltas y vueltas en la cabeza. Cuando regresé al pueblo de mi niñez, 30 años después, y lo encontré deshabitado, fue cuando obtuve la clave que me indicó que debía comenzar a escribir la novela. Mi pueblo tenía unos ocho mil habitantes, y sólo quedaban unos 150 vecinos; en  tres décadas la gente se había ido, así simplemente. Está este pueblo al pie de la Sierra Madre, donde sopla mucho viento; a alguien se le había ocurrido sembrar de casuarinas las calles, y, esa noche que me quedé allí, en medio de toda esa soledad, el viento en las casuarinas mugía, aullaba, en ese pueblo vacío... Entonces supe que estaba en Comala, el lugar ese... Comprendí, entonces, que era hora de escribir y nació Pedro Páramo, que es la historia de un pueblo que va muriendo por sí mismo, nadie lo mata, nadie, sólo va muriendo por sí mismo’.

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