juan rulfo
MENÚ ENTREVISTA “Juan Rulfo, el tiempo detenido”, de Waldemar Verdugo Fuentes  

Sexta parte

Entonces, la creación inicia allí, en Comala, “sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno”. Sabemos que su madre, que está muerta, es quien mandó a Juan Preciado a buscar a Pedro Páramo: “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. [...] El olvido en que nos tuvo [...] cóbraselo caro”, le dice, y a eso llega a Comala, a ese lugar donde parece que no habita nadie. La novela inicia, entonces, en dos mundos diferenciados: el Comala que recuerda la madre, el que ya no existe, y éste, un pueblo fantasmagórico, el que descubre Juan Preciado. Estos dos pueblos crean el lugar de espanto en que transcurre la narración, que es un reflejo terrenal de la transformación de las cosas, una imagen de la realidad impalpable de nuestro mundo. Es, según su visión, el Purgatorio en vida; porque Pedro Páramo narra la peregrinación de un alma en pena, que busca realizar una ilusión, la de entroncar con sus orígenes.  Como la madre le “dio sus ojos para ver”, así como “la voz de sus recuerdos”, tiene el héroe vista, oído y memoria prestados; de ese modo, él mismo es dual, su madre —lo que fue— y él —lo que es— tal como aquellos seres poseídos por una fuerza invisible. Entramos al lugar, pues, de la mano de una circunstancia ambigua, ya física, ya metafísica. Tal será, desde ahora, el clima: espiritual y, paradójicamente, concreto. La aparición de Abundio Martínez, un arriero tan pobre que ni carreta tiene para atravesarnos el río de polvo, es, en honda medida, quien anuncia el círculo terrible que envuelve a Comala.

“Yo también soy hijo de Pedro Páramo”, le dice, y Juan Preciado le comenta que no parece existir alguien allí:

“—No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
—¿Y Pedro Páramo?
—Pedro Páramo murió hace muchos años”.

Cuando Juan Preciado entra al pueblo entra al inframundo, donde los niños no existen: “Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde”. En todos los otros pueblos, pero no en éste, donde los muertos viven como vivos:

“Lo que acontece es que se la pasan encerrados. De día no sé qué harán; pero las noches se las pasan en su encierro. Aquí esas horas están llenas de espantos. Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle. En cuanto oscurece comienzan a salir, y a nadie le gusta verlas. Son tantas, y nosotros tan poquitos, que ya ni la lucha le hacemos para rezar porque salgan de sus penas. No ajustarían nuestras oraciones para todos. Si acaso les tocaría un pedazo de Padrenuestro”.

A quien escucha Juan Preciado es a una mujer, que está muerta, a una mujer incestuosa que vive con su hermano, su amante, y que existe, como todos en Comala, sin la gracia de Dios. El cura pecador no los absolvió, pero su culpa, según ella, es relativa:

“—Estábamos tan solos aquí, que los únicos éramos nosotros. Y de algún modo había que poblar el pueblo.”

La pareja, humana imagen adánica, da lugar a que la descendencia llegue a la vida en pecado aún antes de nacer:

“Y ésa es la cosa por la que esto está lleno de ánimas; un puro vagabundear de gente que murió sin perdón.”

¿Cómo él no iba a tropezarse con  estas ánimas que comen y beben, van a misa, murmuran, riñen, matan, aman? Todo hundido en el tórrido calor, en el tiempo que no existe, un sitio en el que todo cabe: “Como que se van las voces. Como que se pierde su ruido. Como que se ahogan. Ya nadie dice nada. Es el sueño”. Es “la maraña del sueño". Y lo onírico da lugar a que todo se enrede. Afirma uno: “Entonces se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto”. Sentencia otro: “vamos a estar mucho tiempo enterrados”. Y otro: "Cuando me senté a morir, ella me rogó que me levantara y que siguiera arrastrando la vida...” Toda una incógnita, como los sueños, ¿no es un misterio soñar?

“—La semana venidera irás con el Aldrete. Y le dices que recorra el lienzo. Ha invadido tierras de la Media Luna.
—Él hizo bien sus mediciones. A mí me consta.
—Pues dile que se equivocó. Que estuvo mal calculado. Derrumba los lienzos si es preciso.—dice Pedro Páramo.
—¿Y las leyes?—pregunta Fulgor Sedano.
—¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros.”

El cacique tiene derecho sobre todos, sobre las mujeres por su “ley de pernada”, por eso, no es de asombrar que todo Comala se encuentre emparentado con él en una manera promiscua que invade el pueblo como aroma putrefacto... Es la única razón de que los dos hermanos originales no han tenido otro remedio que involucrarse íntimamente, de modo que Pedro Páramo es la legítima causa de la deshonra universal. Como murió hace muchos años es fácil saber que desde pequeño fue pobre. Una vieja clarividente, su abuela, dijo al niño: “te va a ir mal, Pedro Páramo”; también su padre opina que “se me malogró”. Sin embargo,  “de cosa baja que era, se alzó a mayor”. Su única debilidad, su única pasión, la trama mayor de su vida es, por sobre nada, el amor, el ardor desenfrenado que siente por Susana San Juan, “escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia...”

Retrato de Rulfo por Gabriel Figueroa Flores. 1984

Ciertamente sabe que su obra es diferente: “Cuando llegué a la ciudad de México desde Jalisco, los escritores contemporáneos a mí tenían una cultura muy extensa, yo apenas me iniciaba y ni siquiera intenté captar sus estilos; algunos tenían un estilo maravilloso; jamás pensé en superarlos siquiera, porque sabía que era imposible, entonces, yo seguí una línea contraria: busqué la simplicidad. Ellos buscaban la cultura europea mientras yo apenas intentaba acercarme a la cultura mexicana. Por eso, quizás, acuso una cierta diferencia”. Le pregunto si podemos decir que, al igual que La última niebla, de la Bombal, el Pedro Páramo es la historia de un amor trágico. Y dice:

“Sí lo podemos decir. Porque Pedro Páramo, en su esencia, es un hombre frustrado por un amor imposible. En lo más íntimo, Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana San Juan, a la que soñé a partir de una muchachita que conocí a los 13 años; ella nunca lo supo y no la volví a ver jamás en la vida”.

“El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche.  La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira, a las que nadie hace caso.”
“…tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan.”

De ella dice Pedro Páramo que es muy bella pero también “una mujer que no era de este mundo”. Es “inocente”, como todos los que se fugaron de la razón. ¿Cómo, entonces, podría amar a un hombre que es materia bruta? Cuando ella finalmente reaparece en Comala, viuda de Florencio, y luego de muchos años de ausencia, se muestra alucinada y romántica pero, de hecho, muerta en vida. Su locura se agrava por el asesinato de su padre, planeado por el mismísimo Pedro Páramo. Sin embargo, deducimos que la única tragedia real de Susana San Juan es la del amor cortado por la muerte; por eso, primero niega a Dios y luego, ilógicamente, lo afirma, increpándolo:

“Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo transparente suspendido del suyo. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?”
Pedro Páramo de niño ya soñaba con Susana San Juan. De joven la persigue e idealiza, y cuando de viejo la desposa ésta ya ha perdido la razón, vive en el pasado; sin embargo, para él, todo está de más, sólo importa su amor que ha arrastrado como una carga, pero que es también lo único que le ha permitido el ensueño:
“Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento. […] El aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos.”
En ese tiempo mítico, el de la niñez, cuando Pedro Páramo y Susana San Juan juegan con el viento, se produce el único momento del relato en que Comala está verdaderamente vivo, recuperados todos sus sentidos por la fuerza del amor. Nada más. Es cierto que es un amor no correspondido: Susana no dice nunca “yo soy Pedro”. Replegada en sí misma, inaccesible, mera presencia, Susana aniquila a Páramo. ¿Cuál era el mundo de ella?: “Esa fue una de las cosas que Pedro Páramo nunca llegó a saber.” Él busca saborear su único amor posible; ella ha encontrado en otro el sabor, y lo ha perdido. Él es la tierra. Ella es el cielo. El desea lo material y ella sólo escapar de la realidad. Por eso vive en fuga la mujer, huyendo como el agua... Él es el desierto y ella es el mar: ¿acaso no del mar surgió Florencio, desnudo? El mar, para Susana, representa una purificación y el desborde de la sexualidad, por eso se baña desnuda:
“El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos; rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.”

Tan distinta ella de él.  Y, sin embargo: “Él la quería. Estoy por decir que nunca quiso a ninguna mujer como a ésa. Ya se la entregaron sufrida y quizá loca. Tan la quiso, que se pasó el resto de sus años aplastado en un equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al camposanto. Le perdió interés a todo.”

Había esperado durante treinta largos años a Susana San Juan con la esperanza del amor, y ese amor irrealizado se convierte en odio desenfrenado; se ha roto por dentro y todos son culpables;  ya para nadie es posible el perdón:

 “—Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre.
Y así lo hizo.”

Desde entonces Comala se convierte en el pueblo que es, habitado por “gente que murió sin perdón y que no lo conseguirá de ningún modo...”

La desolación de la tierra es la desolación de Pedro Páramo, quien es asesinado por Abundio Martínez, reflejo de todo el mal que engendró. El hombre, “Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.”

Sobre ese montón de piedras, encima del catafalco de una mujer amortajada que piensa, es que se edificó el “realismo mágico”, la más bella escuela literaria del siglo XX. Ahora Juan Rulfo ha dicho sólo lo que quiere decir, sin calcular, ni importarle que sea considerado insuficiente. Es cierto que la literatura nace básicamente de un deseo, es el deseo la partida. Y Rulfo ha perdido el deseo. No es imposible, entonces, conjeturar que quizás no conoceremos una nueva obra suya, quizás, y tampoco importa. Él ha cumplido; al cabo que la función más alta de un escritor es producir una obra maestra, siendo todo lo demás absolutamente sin importancia. Rulfo ya ha creado una obra maestra; ha sido congruente consigo mismo; ahora, quizás, el instante maravilloso del verbo ha pasado en su vida, y tampoco le importa:

“—Hay tantas cosas que suceden y uno no se explica... quizás es porque no tienen, simplemente, explicación. Cuando trabajaba en los caminos, una vez debí atravesar unas montañas guiado por topiles, que así se llama a los guías. Entonces me caí de la mula y se me rompió un diente; me salió mucha sangre; yo quise seguir caminando, pero los guías me lo impidieron, me hicieron a un lado del camino y al ver que yo no tenía intención de quedarme, sencillamente me amarraron y me dejaron allí, solo. Casi era de noche, pero allí me dejaron, en ese camino que atraviesa las montañas. Me dijeron que el alma se me había escapado por la sangre, que tenía que esperar a que amaneciera para que, con luz, el alma me encontrara, porque no podría verme de noche si seguía. Y yo no debía moverme, allí debía esperar, que no querían gente sin alma cruzando esas montañas... hay tantas cosas que suceden y uno no se explica.”

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